Aquellos deseos de la infancia y juventud. ¿Qué fue de ellos?

Por Redacción Ecos del Tucumán

Casi todos, alguna vez, tuvimos un sueño persistente. No siempre grandioso, pero sí propio. Un proyecto que nos acompañó en silencio durante años: ser músico, escribir, viajar, emprender, enseñar, cambiar de vida o simplemente vivir de otra manera.

Con el tiempo, muchos de esos sueños quedaron en pausa. El trabajo, las responsabilidades familiares, la urgencia económica o el miedo al fracaso fueron imponiendo otras prioridades. No siempre fue una renuncia consciente; a veces fue un desvío lento, casi imperceptible.

Sin embargo, esos anhelos rara vez desaparecen del todo. Suelen transformarse, esperar, o reaparecer cuando la vida obliga a mirarse hacia adentro. No es casual: distintas corrientes de la psicología coinciden en que los proyectos postergados forman parte de la identidad profunda de las personas.

José de San Martín lo expresó de forma tajante en una frase que se le atribuye: “Serás lo que debas ser, o no serás nada”. No alude al éxito externo, sino a la coherencia entre lo que uno es y lo que hace.

Esa misma idea aparece en El Señor de los Anillos, cuando personajes comunes —hobbits sin ambición de gloria— se ven empujados a asumir un destino que no eligieron, pero que solo ellos pueden cumplir. No por grandeza, sino por fidelidad a lo que son. Como dice Gandalf, no importa tanto desear grandes cosas, sino decidir qué hacer con el tiempo que nos toca vivir.

También La leyenda de Bagger Vance retoma ese núcleo: la búsqueda del “swing auténtico”, aquello con lo que cada persona nace, su propósito en la vida, y que debe reencontrar cuando se ha perdido.

No se trata de nostalgia ni de épica vacía. Se trata de identidad, sentido y responsabilidad personal.

R. P. | Opinión

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