El nombre de un aeropuerto también es política pública

Los aeropuertos no son solo infraestructura: son símbolos. Funcionan como la primera y la última imagen que un territorio ofrece al mundo. Por eso, su denominación nunca es neutra. En ese marco, el proyecto presentado por los legisladores Agustín Romano Norri y Walter Berarducci para renombrar el actual Aeropuerto Internacional “Teniente General Benjamín Matienzo” como “Aeropuerto Internacional Juan Bautista Alberdi” merece un debate serio, informado y sin consignas vacías.

En el mundo, los aeropuertos llevan nombres que refuerzan identidad, proyección y atractivo turístico. No es casual. El Aeropuerto Martín Miguel de Güemes en Salta asocia inmediatamente al destino con una figura histórica reconocible, integrada al relato cultural y turístico de la provincia. En España, el Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas consolidó una marca que vincula modernidad, transición democrática y liderazgo político. Italia hace lo propio con terminales como Leonardo da Vinci–Fiumicino en Roma. Y en Estados Unidos, John F. Kennedy International Airport proyecta liderazgo global, memoria histórica y potencia simbólica. Los nombres importan porque construyen relato.

Tucumán no es ajena a esa lógica. Es, nada menos, la cuna de la llama que alumbró nuestra Constitución Nacional, y ese hito tiene un nombre propio: Juan Bautista Alberdi.

Nombrar al aeropuerto en su honor no implica desplazar la historia aeronáutica, sino elevar el aporte civil, intelectual y jurídico de la provincia al corazón de la Nación. Alberdi no es solo un prócer; es una marca de identidad respetada dentro y fuera del país. En ese marco, la denominación del aeropuerto internacional resulta un acierto: una nota de elegancia y relieve que otorga un marco de prestigio al destino.

Esto no supone desmerecer a Benjamín Matienzo, pionero indiscutido de la aviación argentina. Matienzo ocupa, y debe seguir ocupando, un lugar de relevancia en la memoria tucumana, a la misma altura que Próspero Palazzo, Ernesto Nougués, Enrique Padilla, Nicanos Posse, Salvador Molina, y tantos otros constructores del Tucumán moderno. Su legado puede y debe ser jerarquizado en espacios específicos: museos, centros culturales, instituciones aeronáuticas. Pero un aeropuerto internacional cumple otra función: representar al conjunto de la provincia ante el mundo.

El cambio propuesto no es un gesto caprichoso ni una disputa simbólica menor. Es una decisión estratégica. En un contexto donde las provincias compiten por turismo, inversiones y visibilidad, Alberdi sintetiza mejor que nadie el aporte tucumano a Argentina y a la cultura política occidental. Es un nombre que dialoga con universidades, congresos, foros internacionales y visitantes que buscan comprender qué es Tucumán y por qué importa.

Cambiar el nombre del aeropuerto no borra la historia. La ordena, la jerarquiza y la proyecta. Y en ese sentido, llamar a la principal puerta de entrada a la provincia “Juan Bautista Alberdi” es una decisión coherente, madura y alineada con las mejores prácticas internacionales.

Tucumán no pierde nada con este debate. Por el contrario, tiene la oportunidad de ganar identidad, proyección y sentido histórico.

Comentá esta nota.