En 1871, el escritor argentino Carlos Guido Spano publicó Nenia, una “canción fúnebre”, según la definición del propio autor. El texto se inscribe en la tradición de las elegías: poemas dedicados a llorar a los muertos. Pero en este caso, el responso no es por una persona: es por un país: el Paraguay.
Guido Spano contempla la Guerra de la Triple Alianza desde la vereda opuesta al discurso oficial. Como Juan Bautista Alberdi, ve el conflicto como una masacre tripartita, un crimen histórico y un acto de barbarie ejercido por quienes se proclamaban civilizados. La guerra no aparece como gesta: aparece como devastación.
En Nenia, la voz central es la de una joven paraguaya que canta en guaraní acompañada por un arpa. No canta victoria, canta pérdida. El poema llora a un país destruido, a una sociedad arrasada y a un pueblo diezmado. El Paraguay que aparece no es enemigo: es víctima.
El poema habla de una vida feliz “hasta que vino la guerra y su saña”, que no dejó nada en pie. El otro personaje es el novio de la moza: un combatiente paraguayo presentado como héroe, veterano de las grandes batallas, muerto en combate y convertido en símbolo de una generación destruida.
La joven canta al urutaú, ave nocturna asociada al lamento, y repite el verso que sobrevivió al tiempo y a la tradición oral:
En idioma guaraní, / una joven paraguaya
tiernas endechas ensaya, / cantando en el arpa así,
en idioma guaraní:
¡Llora, llora urutaú, / en las ramas del yatay,
ya no existe el Paraguay / donde nací como tú
¡llora, llora urutaú!
¡En el dulce Lambaré, / feliz era en mi cabaña;
vino la guerra y su saña, / no ha dejado nada en pie
en el dulce Lambaré!
¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay! / Todo en el mundo he perdido;
en mi corazón partido / sólo amargas penas hay.
¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!
De un verde ubirapitá / mi novio que combatió
como un héroe en el Timbó, / al pie sepultado está
¡de un verde ubirapitá!
Rasgado el blanco tipoy, / tengo en señal de mi duelo,
y en aquel sagrado suelo, / de rodillas siempre estoy,
rasgado en blanco tipoy.
Lo mataron los cambá, / no pudiéndolo rendir;
él fue el último en salir, de Curuzú y Humaitá.
¡Lo mataron los cambá!
¡Por qué, cielos, no morí / cuando me estrechó triunfante,
entre sus brazos mi amante /después de Curupaití!
¡Por qué, cielos, no morí!…
¡Llora, llora, urutaú, / en las ramas del yatay;
ya no existe el Paraguay,/ donde nací como tú.
Llora, llora, urutau.
Guido Spano no construye enemigos: construye dolor histórico. No escribe propaganda: escribe duelo. No hay épica: hay ruinas.
Nenia es, así, una pieza literaria y política a la vez. Un poema que funciona como denuncia, memoria y acusación. Una elegía por un país que fue destruido como proyecto nacional, como sociedad y como pueblo.
Nenia no es un poema patriótico: es un poema ético. No justifica la guerra: la condena. No celebra vencedores: llora víctimas.
Guido Spano no escribe desde el poder: escribe desde la conciencia. Y lo que llora no es solo al Paraguay del siglo XIX, sino a toda América Latina cuando la “civilización” se impone como barbarie.