La transparencia del mármol: de Carrara a Francisco

19.00 hs | 21 de abril de 2026
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Cuando el jurista español Luis Jiménez de Asúa llegó a Lucca en la región de la Toscana en busca de la tumba de Francesco Carrara, se sintió decepcionado. Esperaba un monumento colosal, una arquitectura que proclamara en piedra la gloria del gran maestro del Derecho Penal. Encontró, en cambio, una losa de mármol blanco y un nombre:

La sorpresa, sin embargo, se convirtió en comprensión. Y Jiménez de Asúa escribió, con la misma economía que admiraba:

Hoy, al cumplirse un año de la muerte del Papa Francisco, esa misma sensación —la de una grandeza que no necesita adornos— se apodera de quienes visitan su tumba en la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. No hay relieves barrocos, ni ángeles custodios, ni epitafios que enumeren títulos. Solo una palabra grabada en una simple losa de piedra de Liguria, con su nombre grabado casi al nivel del suelo:

El paralelismo entre ambos va más allá de una coincidencia nominal. Carrara dedicó su vida a depurar el Derecho Penal, a buscar la claridad donde otros preferían la oscuridad conveniente. Bergoglio hizo lo propio con la Iglesia: despojó al poder eclesiástico de su peso ornamental y predicó desde las periferias lo que demasiadas veces se celebraba desde los palacios.

Un hombre que durante doce años llamó a la Iglesia a salir a las periferias, que lavó los pies de presos y refugiados, que renunció al apartamento papal para vivir en una residencia común, no podía descansar bajo un baldaquino dorado. La tumba sencilla no es austeridad por austeridad — es coherencia.

Y el mármol enseña eso mejor que cualquier homilía: la verdadera huella no se mide en el peso de la piedra sino en la claridad de las ideas y en la consecuencia de los actos. Carrara lo supo en el siglo XIX. Francisco lo ratificó en el XXI.

A un año de su partida, el blanco de esa lápida sigue siendo su mensaje más nítido.


Ramiro J. Padilla
Redacción – Ecos del Tucumán

San Miguel de Tucumán, Argentina

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