Santiago de Liniers: el héroe que murió por su lealtad

19.00 hs | 03 de mayo de 2026
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La figura de Santiago de Liniers condensa una de las mayores tensiones de la historia argentina: la del héroe popular que terminó ejecutado por aquellos mismos a quienes había defendido. Su vida recorre el paso del orden colonial a la revolución, y revela hasta qué punto la lealtad podía convertirse en condena.

Un noble al servicio de España

Santiago de Liniers y Bremond nació el 25 de julio de 1753 en Niort, Francia. Provenía de una familia de antigua nobleza, con fuerte tradición militar y católica. Caballero de las órdenes de San Juan y Montesa, ingresó al servicio de la Corona española como parte de los vínculos entre las monarquías borbónicas.


El héroe de las Invasiones Inglesas

En 1806, ante la ausencia del virrey Sobremonte frente a la invasión británica, Liniers organizó la reconquista de Buenos Aires. Al año siguiente volvió a liderar la defensa ante un nuevo ataque.

Ese doble triunfo lo convirtió en una figura excepcional: fue nombrado virrey en 1807 con el respaldo directo de las milicias y del pueblo, algo inédito en el sistema colonial. Su autoridad no provenía solo del rey, sino también de su legitimidad en el terreno.

Un dístico de la época, conservado junto a las banderas británicas en Santo Domingo, lo resumía así:

La reconquista de Buenos Aires. Museo Histórico Nacional.


El Conde de Buenos Aires

En 1808, como reconocimiento a sus servicios, el rey Carlos IV le otorgó el título de Conde de Buenos Aires. Fue una distinción excepcional: en el Virreinato del Río de la Plata no existía la nobleza titulada, excepto en el Marquesado del Valle del Tojo (Toxo), en Jujuy.


De la gloria a la sospecha

Tras dejar el cargo de virrey en 1809, Liniers se retiró a Alta Gracia, en Córdoba, en una antigua estancia jesuítica. Allí se preparaba para regresar a España cuando llegaron las noticias de la Revolución de Mayo de 1810.

Fiel a su juramento a la Corona, consideró a la Junta como una rebelión. En Córdoba, junto al gobernador Juan Gutiérrez de la Concha y otras autoridades, encabezó un intento de resistencia contrarrevolucionaria con unos 400 hombres.

La postura de Santiago de Liniers frente a la Revolucion de Mayo se resume en su firme lealtad a la corona española, la cual expresó con una analogía que condenaba el accionar de los patriotas:


El final en Cabeza de Tigre

La Primera Junta comprendió el peligro: Liniers no era un jefe cualquiera, sino un héroe con enorme prestigio. Si llegaba a Buenos Aires, podía inclinar a las tropas en su favor. Era para la Junta como un D’Artagnan que regresa y logra sublevar a sus mosqueteros y a toda la guardia militar de la ciudad.

Por eso se ordenó su ejecución inmediata.

El 26 de agosto de 1810, en el paraje de Cabeza de Tigre (actual provincia de Córdoba), fue fusilado junto a otros jefes realistas: el nombrado gobernador intendente Juan Gutiérrez de la Concha, Victorino Rodríguez —primer profesor de la cátedra de Instituta en la Universidad de Córdoba—, el coronel Santiago Alejo Allende y el funcionario Joaquín Moreno.

El pelotón estuvo al mando de Domingo French. Ni Liniers ni Gutiérrez de la Concha permitieron que les vendaran los ojos.

Así murió quien había salvado a Buenos Aires de los ingleses apenas tres años antes.

Un fraile de la Merced levantó una cruz de madera sobre la sepultura y, para evitar profanaciones, ocultó los nombres de los ajusticiados bajo una sigla: CLAMOR (Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana, Rodríguez).

Fusilamiento de Liniers en Cabeza de Tigre.


Memoria, lealtad y disputa histórica

Tras su muerte, su hijo Luis de Liniers, II Conde de Buenos Aires. repudió el título, que fue reemplazado por el de “Conde de la Lealtad”, con aprobación de la monarquía española.

En 1862, el cónsul español en Rosario, actuando por pedido de la reina Isabel II, solicitó al gobierno argentino el traslado de los restos de Liniers y de otros jefes ejecutados, como Juan Gutiérrez de la Concha. El gobierno argentino, en un gesto de cortesía, accedió, pese a la oposición de parte de la familia, que deseaba que permanecieran en el país. Otros hijos de Liniers residían en España.

Los restos fueron finalmente trasladados a España y sepultados con honores militares en el Panteón de Marinos Ilustres, en Cádiz. El traslado formó parte de un homenaje explícito al valor y la lealtad de quienes, desde la mirada española, habían muerto fieles al rey.

En el monumento se lee la inscripción latina del Eclesiástico:


Liniers no fue simplemente un realista ni un revolucionario frustrado. Fue, en esencia, un hombre coherente con su tiempo y sus juramentos. Y por eso mismo quedó atrapado en el instante en que la historia cambió de rumbo.

Irónicamente, se había salvado de una revolución —y de la guillotina— en su Francia natal, para terminar ejecutado por otra en los confines del mundo, precisamente por mantenerse fiel a la Corona.

Una frase atribuida a Paul Groussac resume su destino:


Ramiro J. Padilla
Redacción – Ecos del Tucumán

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